Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas…

Chavela Vargas, Eugenia León, Tania Libertad, Lila Downs…
una simple despedida.
Plaza Garibaldi,
Ciudad de México, 6 de agosto de 2012.
Gerda Taro
1 de agosto de 1910 – 26 de julio de 1937
Hace unos meses, días antes de su muerte, mi gran amiga y fotógrafa Gabriella Mercadini me regaló “L´ombra di una fotografa” de Françoise Maspero, un necesario homenaje biográfico de otra gran fotógrafa y mujer: Gerda Taro. Fue el único libro que Gabriella me recomendó con insistencia, “porque no podemos dejar morir la memoria”. Gabriella murió. En el duelo, el libro quedó en un estante a la espera.
Hoy, 26 de julio, salí corriendo para perseguir una que otra imagen de niños de Querétaro que, con su obra de teatro, nos hablan de la migración en sus comunidades. Como el viaje en el colectivo era largo, pasé por aquél estante de pendientes y decidí que era el momento de conocer a Gerda. Con sorpresa, celebré las causalidades. En medio del atestado pesero, supe que precisamente hoy se cumplían 75 años de la muerte de Gerda, “Uno de los personajes más enigmáticos de la historia de la fotografía”, “mujer libre y comprometida que murió en el ejercicio de su profesión”.
Sirva este pequeño post como un pequeño homenaje a Gerda, a Gabriella y a las grandes mujeres que generosamente nos brindan su mirada.

Gerda Taro. Fotógrafo desconocido.
“Uno de los personajes más enigmáticos de la historia de la fotografía. Su nombre es ampliamente citado, siempre con entusiasmo, y sin embargo de ella no se sabe casi nada. Recordada sobretodo por haber sido la compañera de Robert Capa, “el más grande fotoreportero de guerra”, Gerda Taro muere prematuramente el el frente de guerra de España, el día antes de cumplir 27 años. Mujer libre y comprometida que murió “en el ejercicio de su profesión”.
La sombra de una fotógrafa
François Maspero
Foto: Gerda Taro
Françoise Maspero
La sombra de una fotógrafa
traducción libre
Foto: Gerda Taro
“Nació el 1 de agosto de 1910 en Stuttgart. Se crió en Leipzig. Siempre fue muy moderna: le gustaba fumar, la danza, el tenis… Huyendo del nazismo, esta joven judía llega a París en el 33. Trabajó como «Au pair » y mecanógrafa de un psicoanalista. En 1934 conoce a un joven fotógrafo húngaro, también judío, André Friedmann —nombre real de Robert Capa—, tres años menor que ella. Le cambiaría la vida. Los dos son guapos, seductores, ambiciosos… Quieren conquistar París y el mundo. Ella le enseña a Capa a vestir como un dandi. Él le enseña fotografía. Viajan juntos a España, en el 36, para cubrir la Guerra Civil. Pero, ¿quién era en realidad Gerda Taro? Su resurrección comenzó en 1994… La aparición de la «maleta mexicana», con unos 300 originales suyos, acabó de resucitarla.
Natividad Pulido
Gerda Taro, la pequeña rubia
Robert Capa. Foto: Gerda Taro
«Quien sabía de fotografía era él, fue él quien la moldea. Pero en la relación era ella quien llevaba la iniciativa. El éxito de ambos fue un golpe maestro, genial, por parte de ella. Se hizo a sí misma, juega a diosa creadora y se inventa a Robert Capa».
Fernando Olmeda
Gerda Taro, fotógrafa de guerra
Foto: Gerda Taro
“Era «una pareja muy complementaria. Ella era muy espabilada, un lince, la ideóloga de la pareja. La idea de crear el personaje Robert Capa fue suya. Se convirtió en su mánager en cierta manera. Él le enseñó a hacer fotos (era una esponja, lo absorbía todo), pero ella le enseñó todo lo demás. Estaban enamorados hasta las trancas, al tiempo que hay una rivalidad profesional entre ellos. Ella fue una mujer valiente, capaz de defender su profesión contra sus propios sentimientos. Esa modernidad me fascina de ella».
Susana Fortes
Esperando a Robert Capa
Pablo Neruda
12 de julio de 1904 – 23 de septiembre de 1973
Isla Negra, Chile
“México es la piedra de toque de las Américas y no por azar se talló allí el calendario solar de la América antigua, el círculo central de la irradiación, de la sabiduría y del misterio.
Todo podía pasar, todo pasaba. El único diario de la oposición era subvencionado por el gobierno. Era la democracia más dictatorial que pueda concebirse.
Recuerdo un acontecimiento trágico que me conmovió terriblemente. Una huelga se prolongaba en una fábrica sin que se vislumbrara solución. Las mujeres de los huelguistas se reunieron y acordaron visitar al presidente de la república, para contarle tal vez sus privaciones y sus angustias. Por supuesto que no llevaban armas. Por el camino adquirieron algunas flores para obsequiárselas al mandatario o a su señora. Las mujeres iban penetrando al palacio cuando un guardia las detuvo. No podían continuar. El señor presidente no las recibiría. Debían dirigirse al ministerio correspondiente. Además, era preciso que desalojaran el sitio. Era una orden terminante.
Las mujeres alegaron su causa. No ocasionarían la menor molestia. Querían solamente entregar esas flores al presidente y pedirle que solucionara la huelga pronto. Les faltaba alimentación para sus hijos; no podían seguir así. El oficial de la guardia se negó a llevar ningún recado. Las mujeres, por su parte, no se retiraron.
Entonces se oyó una descarga cerrada que provenía de la guardia del palacio. Seis o siete mujeres quedaron muertas en el lugar, y muchas otras heridas.
Al día siguiente se efectuaron los apresurados funerales. Pensaba yo que un inmenso cortejo acompañaría a aquellas urnas de las mujeres asesinadas. No obstante, escasas personas se reunieron. Eso sí, habló el gran líder sindical. Éste era conocido como un eminente revolucionario. Su discurso en el cementerio fue estilísticamente irreprochable. Lo leí completo al día siguiente en los periódicos. No contenía una sola línea de protesta, no había una palabra de ira, ni ningún requerimiento para que se juzgara a los responsables de un hecho tan atroz. Dos semanas más tarde ya nadie hablaba de la masacre. Y nunca he visto escrito que alguien la recordara después.
El presidente era un emperador azteca, mil veces más intocable que la familia real de Inglaterra. Ningún periódico, ni en broma ni en serio, podía criticar al excelso funcionario sin recibir de inmediato un golpe mortífero.
Lo pintoresco envuelve de tal manera los dramas mexicanos que uno vive pasmado ante la alegoría; una alegoría que se aleja más y más de la palpitación intrínseca, del esqueleto sangriento. Los filósofos se han tornado preciosistas, lanzados a disquisiciones existenciales que junto al volcán parecen ridículas. La acción civil es entrecortada y difícil. El sometimiento adopta diversas corrientes que se estratifican alrededor del trono.
Pero todo lo mágico surge y resurge siempre en México…”
Pablo Neruda
México florido y espinudo
Cuaderno 7.
Confieso que he vivido.

Héctor García
1923 – 2012
“La máxima virtud del fotógrafo, escribir con luz, es la atención puesta en la realidad que la luz construye a su alrededor.”
Salvador Elizondo
Exposición de Héctor García, 1974.
“Conozco muy bien la Ciudad de México, la he conquistado palmo a palmo. En aquel entonces cuando sólo era un niño me parecía fascinante. De la estación de San Lázaro ensayé mis primeras incursiones por las calles de Emiliano Zapata y La Santísima hasta el Zócalo pasando por el terrorífico descubrimiento de la Coatlicue, el Zompantli y la piedra de los sacrificios.
“A los siete años, equivocaba sospechosamente el camino de la escuela y emprendía varios viajes hasta Bucareli, en cuyo remoto mundo de los voceadores comenzaba a vivir mis primeras grandes novelas de trotamundos.
“Entonces ya había dejado mi casa y me fui a Bucareli, donde vendía periódicos. Fui niño de la calle, ése era mi mundo, mi hogar.
“Acusado de haberme robado unos panes y comida, y a pesar de mi resistencia me mandaron al Tribunal de Menores. Y cuando era miembro de la muy conspicua Correccional para Varones allá en Tlalpan, el doctor Gilberto Bolaños Cacho me regaló la primera cámara de mi vida. Años después, como diez, esa misma cámara me sirvió para intentar tomar las fotografías de aquel campo de amapolas rojas en que se había convertido el manto de nieve salpicado por la sangre de mi compañero bracero que fue arrollado por un tren en Estados Unidos.
“Llevé el rollo a una farmacia para que lo revelaran y cuando me lo entregaron, las fotos estaban blancas. Sentí una gran frustración, me fui a Nueva York y busqué un lugar donde hablaran español y me dieran clases de fotografía. Así empecé mi carrera de escribir con luz.
“Eran los años cuarenta, con una tarjeta de bracero en la bolsa, había atravesado la frontera del norte para ir hacia Nueva York, Pennsylvania, Washington, en donde trabajé para vivir de cargador, de peón, de rielero”.
Héctor García
Pilar Jiménez Trejo
Héctor García. Creador de iconos escritos con luz.
Revista de la Universidad de México, marzo de 2012.
Aura Marina Arriola
31 de mayo de 1937 – 15 de febrero de 2007

“Estamos frente a un panorama compuesto por una subjetividad polifónica, heterogénea, ocupado por historias y lenguajes que se proponen transformar la herencia fragmentada del pasado. Es un camino hacia la conciencia de la multiplicidad, de la diversidad, en uno mismo y en la sociedad. Un combate contra la dialéctica de la negación del otro, que excluye culturalmente a la mujer, al indio, al negro, al pagano, al mestizo, al campesino, al marginal-urbano, etcétera. Y constituye el cimiento de una larga tradición socioeconómica y dominación sociopolítica. Es la búsqueda de una nueva ética y un nuevo internacionalismo, que es a la vez búsqueda de nuevas formas de solidaridad; exigencia de libertad y defensa contra todo lo que transforma al ser humano en instrumento o en objeto.”
Aura Marina Arriola
Identidad y racismo en este fin de siglo
Guatemala, 2001.

Carlos Fuentes
1 de noviembre de 1928 – 15 de mayo de 2012
“Realizas un esfuerzo para seguir revisando los papeles. Cansado, te desvistes lentamente, caes en el lecho, te duermes pronto y por primera vez en muchos años sueñas, sueñas una sola cosa, sueñas esa mano descarnada que avanza hacia ti con la campana en la mano, gritando que te alejes, que se alejen todos, y cuando el rostro de ojos vaciados se acerca al tuyo, despiertas con un grito mudo, sudando, y sientes esas manos que acarician tu rostro y tu pelo, esos labios que murmuran con la voz más baja, te consuelan, te piden calma y cariño. Alargas tus propias manos para encontrar el otro cuerpo, desnudo, que entonces agitará levemente el llavín que tú reconoces, y con él a la mujer que se recuesta encima de ti, te besa, te recorre el cuerpo entero con besos. No puedes verla en la oscuridad de la noche sin estrellas, pero hueles en su pelo el perfume de las plantas del patio, sientes en sus brazos la piel más suave y ansiosa, tocas en sus senos la flor entrelazada de las venas sensibles, vuelves a besarla y no le pides palabras.”