Presencia 360º · ¡Gracias!


Yo soy otro tu
Tu eres otro yo



Walter Reuter

Algunos apuntes que por emoción y sorpresa no pude hilar la noche del 16 de noviembre, durante la ceremonia de premiación del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter, en el Goethe-Institut de la Ciudad de México…

Ante todo ¡gracias!, palabra fundamental, primigenia en este proceso creativo que considero colectivo. Mi agradecimiento a los organizadores, al jurado, a Carmen Aristegui, a la familia Reuter y a las ocho instituciones alemanas que han hecho posible la realización y permanencia del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter, ventana, músculo y puente entre realidades y quehaceres. Un ejercicio fundamental de presente y memoria.

¡Gracias! a las raíces, a la familia consanguínea, extendida y ampliada, a mi hijo y cómplice, a mis amigos y quereres; a los compañeros de travesía en Guatemala, México, Italia, Venezuela, el Sahara…; a todos los navegantes que en medio del océano acompañan a esta embarcación nombrada www.360gradosfoto.com; a los protagonistas de los instantes alcanzados por la mirada, para siempre compañeros de vida; a los colegas que con su trabajo fotográfico y periodístico retroalimentan mis pasos. A todos, gracias por la confianza, las porras, la paciencia, las voces, las miradas y sus enseñanzas; por inspirar y estimular este quehacer fotográfico, muchas veces a contracorriente y desafiando uno que otro canto de sirena.

“Cinco siglos igual. Espejitos…” una marcha de mujeres y niños que apareció de repente bajo la lluvia en San Andrés Larráinzar, Chiapas, lugar famoso por acuerdos, incumplimiento y olvido. Mujeres indígenas atesorando el fruto de la espera y el silencio: sonrientes, uniformes y tricolores paraguas. Como dirían los clásicos: espejitos y cuentas de vidrio multicolor. Ese día, mi mirada estaba predispuesta a la búsqueda de otras imágenes en Oventik y Sakamch’en de los Pobres. La aparición de esa marcha fue dolorosa. El lodo del camino era zurcado por los “otros” mexicanos, tan lejanos de los “de segunda” y aún más de los “de primera”; los mexicanos que aún sueñan con un ejercicio pleno de la ciudadanía o simplemente se han resignado a no alcanzarlo.  Frente a nosotros estaba el México profundo, con su diversidad en la aplicación de derechos y su carga genética colonial, consciente o inconsciente.

Esta foto fue publicada en junio, antes de las elecciones, en www.360gradosfoto.com, pero consiguió una extraordinaria circulación en las redes sociales en julio, una vez que se conocieron los resultados, las controversias y las denuncias electorales.

Al verla en diversos medios, en twitters, en facebook, e impresa en lonas ondeando en algunas marchas, me pregunté: ¿qué hubiera pasado si el resultado electoral fuese distinto? ¿Si las controversias electorales hubieran tenido otro resultado? ¿Si la coalición que repartió los paraguas ese día no hubiera sido proclamada ganadora en Chiapas y en México? ¿Hubiera trascendido esta fotografía?

No necesariamente. Posiblemente, no todos los ojos se hubieran volteado.

Intentar responderme, invitó al cuestionamiento. Como buscador de imágenes y de noticias y como consumidor de ellas, yo también soy sujeto de un acondicionamiento hacia los “grandes” acontecimientos, los espectaculares, aparentemente lejanos e inalcanzables, con los que nos bombardean los “grandes” medios de comunicación. Nos invitan a perder de vista las “pequeñas” e “insignificantes” historias, “corrientes” y cotidianas donde, sin embargo, tantas veces se anidan las claves de los grandes cambios o permanencias.

Se nos ofrece moldear nuestro interés noticioso con la fuerza y la seducción de la inmediatez y lo efímero en contraposición de instantes no espectaculares y tampoco coyunturales que, en silencio, trascienden los tiempos sexenales y el bullicio electoral. Imagenes cotidianas como esta, resultantes de siglos de dominación, que atestiguan los mecanismos que aún marcan, como hierro ardiente, tantas vidas y presencias ancladas en otros siglos.

Esa fotografía y su posterior andar, me volvieron a reafirmar, por si se me estaba olvidando, que lo importante en esta búsqueda, no sólo es lo sorprendente del acontecimiento per se, sino, sobre todo, algo muy sencillo: el ser, su mirada y su sentir. De ahí el reto que asocio con quienes seguiremos intentando ser medios, lectores, espectadores y navegantes independientes: recuperar y atesorar la sensibilidad que nos es nata pero que tan fácilmente nos puede ser atrofiada; la capacidad de encontrar lo sorprendente aunque se esconda tímidamente tras la cotidianidad y lo rutinario.

Al hablar de sensibilidad, no quiero dejar pasar la oportunidad para compartir mi agradecimiento a tres alemanes-mexicanos, mexicanos-alemanes, que tuve la oportunidad de conocer en los inicios de mi actividad fotográfica; referentes en lo personal por su consecuencia y congruencia, por su compromiso y sencillez, por las luces, sus miradas y su abrazo solidario:

Gudrum y Carlos Lenkersdorf, entrañables amigos que, como nos recordara recientemente la querida Hebe Rosell en su testimonio de Partir el pan, y el gran Eduardo Galeano en Los hijos de los días: “aprendieron en el mundo maya” que “no hay jerarquía que separe al sujeto del objeto, porque yo bebo el agua que me bebe y soy mirado por todo lo que miro, y aprendieron a saludar así:
-Yo soy otro tú
-Tú eres otro yo”

Walter Reuter, maestro, a quién pude conocer gracias a una operación de corazón abierto cuando apenas intentaba descifrar velocidades y diafragmas. Fotógrafo fundamental, sencillo y gran protagonista de nuestro tiempo; luchador, forjador de historia, obra y legado, que tenemos que conocer y atesorar.

Una imagen de Walter regresa a mi memoria: un carrusel en una comunidad indígena, en medio de la niebla. Una invitación a perseguir sueños. La vi por primera vez en una exposición en las vitrinas del metro. Sigue ahí, en la memoria.

También los sueños, están ahí, en los caminos, más allá de la lluvia.

A todos, cómplices de esta travesía, muchas gracias.

Ricardo Ramírez Arriola


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