Apuntes de travesía.

A diez años. Imágenes de Bosnia-Herzegovina.


Ladies and Gentlemen…

“Señoras y señores, esta noche con ustedes los modelos otoño-invierno de Christian Dior, Valentino, Versace…” Destellaron nuestros flashes formando una cortina azul. Glamour, sonrisas, poses y asombro actuado. Todo era vaporoso. Seguí con la cámara los ojos de una elegante señora ya entrada en años, muy bien vestida. Invariablemente posó su mirada en los atributos del joven argentino que modelaba ropa deportiva. Del otro lado una niña rubia de entre ocho y nueve años dibujaba en su rostro el sueño de verse en la misma pasarela, con el idéntico desenvolvimiento de la modelo que en ese instante le guiñaba el ojo y se movía con soltura al ritmo de la música. El ir y venir de tanta belleza enfundada en modelos otoñales me devolvió las imágenes que me regalaste aquella tarde precisamente de otoño, en el psiquiátrico de Sarajevo.

Como el resto de Bosnia-Herzegovina, la ciudad estaba dividida. Los serbios andaban lejos. De este lado, los barrios y las calles estaban bien definidos, o eran croatas o eran bosníacos. Sólo aquí, adentro, en los pasillos del psiquiátrico, podíamos convivir todos: serbios, croatas, bosníacos y gitanos; ortodoxos, católicos, musulmanes, ateos y hasta tú y yo que veníamos de lejos.

¿Sabes? aquella posiblemente fue una de las Navidades más increíbles de mi vida -me dijiste. Todo se fue dando tan rápidamente. Tal vez sólo podría compararlo con una película de Emir Kusturica a quien aquí no quieren pero admiran.

Aún no habían terminado las hostilidades y afortunadamente esa noche no hacía tanto frío. Invariablemente la niebla se dejaba caer en el valle y le daba una imagen fantasmal. Nos abrazaba con la promesa de seguridad. Sí, la niebla se aliaba con nosotros limitando la visibilidad de los francotiradores agazapados entre las ruinas. Aquellos cuya mejor forma de celebrar la Noche Buena era confirmando su buena puntería.

Un contenedor de ayuda humanitaria había llegado a la ciudad. Lo asignaron a nuestro hospital. En esos momentos se apoderó de nosotros la ilusión. En medio de la precariedad te vuelves niño otra vez. Como cuando te decían “tengo una sorpresa para ti, adivina en qué mano está” y tu sentías cosquillas. De repente se sucedían las fantasías, dibujadas en caramelo o chocolate, otras en plástico o cartón. Así nos sentíamos en medio de la escasez frente a esas cajas cuidadosamente rotuladas como ayuda humanitaria que parió un contenedor metálico y oxidado.

Realmente más que cobijarnos, esa ayuda humanitaria europea vino a despertar el delirio. La euforia nos fue invadiendo en medio de la tensión de la guerra, la impotencia, el dolor y la incertidumbre. Un delirio cargado de soledad. Esas cajas expulsadas del contenedor provenían de una importante cadena de boutiques europeas. Abrirlas se convirtió en un festín. Lentejuelas, escotes, telas vaporosas, vestidos de coctel y de noche. Los colores de la pasada estación nos fueron invadiendo poco a poco. En el inconsciente colectivo iba apareciendo como collar de perlas, la lluvia intermitente de flashes. Nos inundaba la belleza. Más que la belleza de los trajes delicadamente confeccionados con finas telas de colores, detenidamente estudiados, lo que resaltaba era la belleza de nuestras modelos que no necesitaron más que un estímulo como aquél para estallar en alegría. Resurgieron las risas. Estábamos vivos ¿por qué no? Con la locura de la lógica del mercado estalló nuestra propia locura en medio de aquella otra locura, la de la guerra. Y entonces ¿Qué más podía decir? ¡Vivan los locos!

Afuera los disparos habían cesado. No porque el reloj indicara casi la Noche Buena, sino porque seguramente el espesor de la niebla imposibilitaba perfilar el objetivo.

En medio de las burbujas de champaña, los regalos, los abrazos y los besos ¿se habrán imaginado los diseñadores de esas prendas que en una esquina europea, tan lejana de la real Europa, esa misma noche, en una pasarela alrededor de una hoguera, sus modelos esta vez fueron mujeres hablantes de serbio-croata, croata-serbio o yugoslavo? Algunas entradas en años, de cuerpos voluminosos, sin depilación, de cansado y torpe caminar, afortunadamente no anoréxicas aunque sí anémicas y de cabello pegajoso y sin acondicionar.

La fiesta y el motivo de las risas esa noche fue tratar de calzar esos preciados diseños, de esbeltas tallas, cuyo mejor fin ante el riesgo de devaluación por final de temporada, fue convertirse en ayuda humanitaria para ser usada entre los olvidados e invernales escombros de una fría Navidad.

Inspirado en el testimonio que me compartió una querida amiga, hace diez años en el Hospital Psiquiátrico de Sarajevo, Bosnia-Herzegovina.

Ricardo Ramírez Arriola

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