Apuntes de travesía.

ESTAMPITAS BICENTENARIAS

Ciudad de México, 15 y 16 de septiembre de 2010.
Conmemoración del Bicentenario de la Independencia de México.


Vivimos en una sociedad donde las estructuras son de representación.
Entonces es esencial quién va ganando la batalla de imágenes.

Diana Taylor
Mexicana. Directora del Instituto Hemisférico de Performance y Política
Universidad de Nueva York


Regresaba del aeropuerto y, antes de que cerraran las puertas del metro, como acto reflejo, me bajé en la estación del metro Juárez y decidí adentrarme en la casi unánime conmemoración criolla; la polémica y muy cuestionada celebración del Bicentenario de la Independencia. El esperado y publicitado festejo, que fue precedido de una dolorosa numeralia, más que generar una profunda revisión y diseño del proyecto nacional, ha sido tierra fértil para la confusión y la orfandad de imaginarios, ante el México que se fue y el que aún no se entiende cómo vendrá, cuya coherencia palpable, hoy, es en buena medida, la parálisis.

Son tiempos difíciles: 47.2 millones de pobres; 35 millones de personas vulnerables a sufrir carencias; tres de cada cuatro indígenas en la pobreza; un mexicano es el hombre más rico del mundo, con fortuna tasada en 53 mil 500 millones de dólares; más de 28 mil muertos ─de 2006 a 2010─ en la guerra contra el narcotráfico; 95 por ciento de los crímenes aún permanecen sin castigo; 80 mil personas ligadas al crimen organizado; 72 migrantes latinoamericanos asesinados en Tamaulipas días antes, lo que representa apenas la punta de un iceberg anunciado y negado; cotidianas imágenes de cuerpos mutilados en los titulares de la prensa; rezago educativo de 20 años en relación con países como Argentina; una profunda crisis educativa que quedó reflejada en las pruebas oficiales Enlace 2010: de todas las escuelas primarias del país, únicamente tres por ciento de los alumnos obtuvo calificación excelente en matemáticas, y en las escuelas secundaria apenas el uno por ciento; en 2009 el presupuesto federal consolidado para ciencia y tecnología representó apenas el 0.33 por ciento del PIB. Crisis de partidos y sindicatos. Impunidad, incredulidad, escepticismo, apatía. La desesperanza invitó a muchos a preguntarse ¿qué hay que celebrar?

La multicolor celebración del desfile Bicentenario, por si sola, también provocó preguntas: le costó a México 667 millones de pesos, (poco más de 50 millones de dólares), como parte de los 2 mil 838 millones de pesos, (casi 226 millones 500 mil dólares), destinados a celebrar las dos efemérides de este año: el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana. En Chile, el festejo del Bicentenario de la Independencia, celebrado tres días después costó tres millones de dólares; menos fastuoso, pero seguramente igual de digno.

El desfile del 15 de septiembre fue anunciado como el más grande en la historia de México, pero, al mismo tiempo, se invitó a la población de la capital a disfrutarlo por televisión aduciendo medidas de seguridad. Este llamado preventivo sin embargo, no se hizo para el desfile militar realizado el día siguiente, en el mismo lugar. Al constatar la incomparable y lógica diferencia en la afluencia de público en los dos desfiles, me pregunté: ¿será que con ningún control de seguridad extra, pero con la sola presencia del ejército y las fuerzas de seguridad desfilando, ─enemigos lógicos del narcotráfico─ estemos a salvo de un atentado?

En el desfile más grande de la historia del país,  sin embargo, muchas de las comparsas no fueron transmitidas por televisión. La transmisión oficial, coronada con quince minutos de millonarios y espléndidos fuegos artificiales, fue cuestionada incluso por locutores de las televisoras privadas.

Entre el público, en el desfile Bicentenario, me llamaron la atención algunos comentarios de los espectadores que se encontraban junto a mí, apoyados en la vaya metálica: “y por qué va antes la comparsa de los gachupines (españoles) a la de los mexicanos (refiriéndose a los pueblos indígenas)”, “mira, ahora nuestras ruinas (arqueológicas) hasta son de plástico”.  Estos comentarios a bocajarro me permitieron agudizar el ojo y percatarme que, efectivamente, en el enfrentamiento de las imágenes, teníamos frente a nosotros algunas incoherencias de discurso: una hermosa mujer ataviada de plumas y nopales, güera (rubia) para el estándar mexicano, representaba a los nativos de nuestro continente. Cabía preguntarse: ¿acaso ninguna mujer indígena llenó los requisitos en el casting? Ya montados en el simbolismo de las imágenes, los indígenas mexicanos, herederos primigenios de estas tierras, tampoco aparecían en lo alto de uno de estos carros alegóricos, sino como de costumbre, detrás de ellos, caminando, ataviados con sus trajes y máscaras, tocando sus instrumentos, tal vez el lugar donde los ubicamos en nuestro imaginario, porque a la sombra de 200 años de independencia, aún los percibimos como causantes de la colonia y como derrotados en esta historia.

Durante el acto central, minutos antes de la ceremonia de El grito de Independencia, desde el balcón presidencial, se irguió un polémico y efímero Coloso, de veinte metros de altura, que algunos asistentes confundieron con el ex candidato a la presidencia de México Colosio, y a otros les evocó a Stalin. Oficialmente se informó que simbolizaba a los revolucionarios anónimos. Sin embargo,  en los medios de comunicación se informó profusa y documentadamente que, “por encargo o por descuido” había sido inspirado en Benjamín Argumedo, “contrarevolucionario… enemigo feroz de Pancho Villa…fusilado por los carrancistas como traidor (de la Revolución Mexicana)”… o sea, símbolo antagónico a las imágenes oficiales a celebrarse este año.

Al mismo tiempo que avanzaba el desfile ─y las preguntas─, los jóvenes y entusiastas voluntarios participantes que sumaban  más de siete mil, convocaban al público: “¡ánimo! ¡ánimo!”. El día siguiente, a su vez, el público asistente convocaba a los elementos del ejército que desfilaban: “¡sonríe! ¡sonríe!”.

Las situaciones, informaciones, sensaciones y vacíos que caracterizaron el Bicentenario, no podían más que evocar dos máximas presentes en la política contemporánea mexicana: no estoy ni a favor ni en contra, sino todo lo contrario; y como digo una cosa, digo otra.

Tal vez  la imagen que me ha quedado más presente de esta conmemoración, no por su técnica ni su composición, es la de una señora, acompañada por sus dos hijos, ataviados con los colores patrios que, esquivando el tránsito y sobre un puente vehicular intentaba alcanzar el desfile militar que concluía en la avenida Paseo de la Reforma. Se le veía angustiada pero comprometida en su búsqueda de enseñar y celebrar al México, que a pesar de todas las incongruencias, pervive.

En ese momento, no me quedó más que celebrar el clásico grito, que minutos antes, en medio del desfile militar provocó risas al unísono: ¡Que viva México, cabrones!

En las fotos:
Desfile Bicentenario en la avenida Paseo de la Reforma; Grito de AMLO en la Plaza de las Tres Culturas, Ciudad de México, 15 de septiembre, 2010.
Desfile Militar Conmemorativo del Bicentenario, Paseo de la Reforma, Ciudad de México, 16 de septiembre, 2010.

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Fuentes de datos: El Financiero, El Universal, La Jornada, Milenio, El Mercurio, Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, Benjamin Argumedo.

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