Crónicas urbanas



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Del archivo


“Bienvenido, aquí estás con tu familia, estás con tus carnales”


 En el siguiente reportaje, cinco jóvenes de las maras toman la palabra y describen su entorno social y los ritos de iniciación mediante los cuales se han integrado a la cofradía marginal que es su nueva familia, acaso la única.

 

Si no fuéramos ciegos, cantaríamos
en la oscuridad, para acompañarnos.

Luis Cardoza y Aragón

Por Ricardo Ramírez Arriola

 

 En septiembre de 2003 el Departamento de Promoción y Educación de la Procuraduría de Derechos Humanos de Guatemala, inició, desafiando temores propios y ajenos, un proyecto que buscaba darle una perspectiva laboral y formativa a jóvenes que se encontraban agrupados en pandillas. A este proyecto se incorporaron hombres y mujeres de las conocidas pandillas Mara Salvatrucha (MS) y la Dieciocho. Todos provenientes de una generación de niños y jóvenes vinculados a un contexto centroamericano de posguerra, pobreza y miseria, que en años recientes han sido presa fácil del consumo de drogas y de la violencia en la búsqueda de pertenencia y oportunidades para sobrevivir.

Las condiciones en las que se desarrolló este proyecto fueron por demás difíciles. En Centroamérica han prevalecido las voces que llaman a la tolerancia cero y a la implementación de leyes antimaras. Como resultado de ello, cualquier tatuaje es considerado sinónimo de identificación o pertenencia a alguna mara cerrando así las posibilidades laborales y de reintegración de grandes grupos juveniles.

En el imaginario colectivo prevalecen inevitablemente las escenas difundidas por los medios masivos que destacan, por encima de estas condiciones, los actos violentos y delictivos que estos grupos cometen.

Durante diez meses los jóvenes integrados en el proyecto de la Procuraduría de Derechos Humanos compartieron sus vivencias con padres de familia y estudiantes y de igual forma transmitieron su nueva experiencia, nada fácil, a otros integrantes de sus pandillas. Se capacitaron en la defensa de sus derechos humanos, en la promoción de la participación ciudadana y en metodologías de educación popular. “Ellos son solidarios –asegura Michelle integrante de la Dieciocho– si hay un pan es un pan para todos, si tenés un problema ya no es sólo tuyo, ya es de todos. Ahora nosotros tenemos que decirles que ahí adentro ellos pueden hacer mucho, pueden cambiar ideales”.

En febrero del año 2004, uno de los integrantes de este proyecto, Marco Vinicio Rivas Vanegas, alias “el Yoni”, fue asesinado por fuerzas de seguridad. En junio de ese mismo año el programa fue clausurado por falta de fondos.

Agradecemos a Michelle, Alberto, Javier, Sergio, Gerson alias “el Cambio”, Ana Lucía, Erick, Jassive, Eleazar, Juan Carlos, Tony y Byron, todos ellos y ellas participantes del proyecto, por compartir sus testimonios.

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Mi sueño es ayudar a otros a salir de esto, Alberto

 A los cuatro años mi madre me regaló con una familia del rumbo. Ahí viví hasta los diez años cuando me sacaron a la calle y empecé a trabajar en las camionetas y a conocer personas que inhalaban cocaína y fumaban marihuana.

Pasé dos años durmiendo en el quiosco del parque. Cuando llovía amanecía llorando porque donde me quedaba, en el rinconcito más cerrado del quiosco, la lámina estaba llena de hoyos y ahí era donde se iba a empozar el agua. Al levantarme, me iba a sentar al parque para que el sol me secara. Ya seco comenzaba a robar. En esos días empecé a inhalar pegamento. Olía y me ponía bien loco. Después dejé esto y empecé a tomar. Agarraba quince días, un mes seguido, día a día tomando. A la edad de doce años yo ya fumaba, tomaba y me drogaba.

A los trece ingresé a una pandilla. Yo vivía siempre solo y lo que buscaba era un cariño, un aprecio, que a mí me quisieran y la pandilla me llenaba esto. Ellos me querían, ellos me cuidaban. Sí, yo soy de una pandilla, de la Dieciocho. En las pandillas mi onda era matar o morir. Para sobrevivir tenía que matar, para comer tenía que asaltar.

He crecido sin familia. Tuve padrastro. Este padrastro me quebró la pierna. Me la quebró con una caña. Mi visión era aprender a usar las armas e ir a buscar a este ruco y matarlo, quebrármelo. Aprendí a usar todo tipo de armas. Lo fui a buscar pero no lo encontré. Se salvó, si no le hubiera ido shuco. Tengo un medio hermano. Él andaba en la pandilla contraria, en la MS. Lo encontré una vez y le pegué un bombazo en la pierna porque no le atiné. No tuve pulso para pegarle en el wash (cabeza).

En la pandilla tuve bastantes chavas. Tuve dos mujeres pero las dos me dejaron porque andaba con otra. Dos estuvieron en la pandilla, las demás eran chavitas que llegaban a cotorrear ahí con nosotros. No eran directamente de la pandilla pero sí les gustaba el rollo de andar ahí bailando, disfrutando: chavitas fáciles.

Mi sueño es ayudar a mis compañeros que, como yo, andan todavía en la pandilla y quieren llegar a hacer algo, tener un trabajo o posibilidades para lograr salir adelante. Cuando uno se sale de la pandilla lo discriminan por los tatuajes. Uno se mira encerrado como en un mundo de donde no puedes salir porque viene la discriminación. Ves que ya no tienes pisto para comer y entonces te ves en la necesidad de volver a robar, de volver a lo mismo. Entonces, ¿de qué te está sirviendo si la misma sociedad no te ayuda, si la misma sociedad te discrimina, te agacha, te hace bajar la mirada, te baja la autoestima?

Con la ayuda de mi compañera estoy saliendo, Gerson El Cambio

 ¿Miedo? No tenía miedo ni a los policías ni a la calle ni a los que me andaban persiguiendo. Más bien si alguien me daba la voz: ‘ahí anda aquel tras de vos’. Yo lo iba a buscar primero. Como dicen en el barrio antes de que te venadeen andá y vos sé el cazador y no la presa. Y uno se volvía un cazador.

El momento más duro y doloroso fue cuando mataron a mi hermanita en una esquina. Unos pandilleros la mataron. Yo estaba con mis hommies (compañeros) de la MS. Pasaron disparando y mi hermanita estaba ahí y la mataron. Tenía dos años. Ese fue el momento más doloroso que he sentido. Por eso quise soltar de una vez mi ira. Yo tenía dieciséis años.

Tuve compañera en el barrio. Ahora tengo compañera pero no es la misma. Es una niña así, bien tranquila que no ha estado en nada. Estudia. Cuando empecé a andar con ella yo me escondía los tatuajes, pero le tuve que contar. Me quiso, me aceptó y eso me agradó más. Ella me dice: ‘a mí no me importan tus tatuajes; a mí lo que me importa es tu corazón y que cambiés, porque si tú viviste todo eso yo se que algún día vas a caer pero cuando caigás pensá en mí, en tu familia y en que vos vas a ayudar a bastantes jóvenes’.

Ella me está ayudando, es la persona que yo necesitaba cuando estaba chiquito, para no pasar por todo esto.

Ella me tranquilizaba, pero ya no está, Javier

 Mi papá se murió de alcohólico y mi mamá salía a trabajar y me dejaba todo el día solo, con mi hermano. Entonces yo me iba a la calle a chingar. Empecé con el pegamento, con el cigarro. Después la marihuana y la cocaína en polvo; luego el crack, los hongos, las pastillas, las lagartijas… todas, todas. Me ponía a titopear (drogarse) y me tomaba un par de pastillas y después a chelear.

Un día estábamos ahí en un bar tomando e inhalando cocaína, nada más. Eran como las once de la noche cuando entró uno de los más gruesos maras. Yo los conocía a todos ellos pues yo ahí consumía y vivía, ahí me mantenía. Entró y le dijo a mi cuate:

–¿Qué onda?

–Ah, ¿qué onda vos?–, le contestó.

–Y vos ¿qué estás haciendo aquí?

–Celebrando mi cumpleaños ¿va?

–¿Ah sí?– le dice–, pues feliz cumpleaños hijo de la gran puta.

Y sacó la pistola y le descargó toda la tolva en la cabeza. Yo me quedé bastante impresionado. Él me acababa de invitar a un par de litros. Me quedé bastante mal porque era bien buena onda el chavo.

Bien que tuve compañera. Tuve unas mis traidas (para pasar el rato) y mis novias. Lamentablemente, si uno no ha tenido un cariño así y se encuentra a alguien que se lo da, que lo quiere y que lo acepta, uno se enamora mucho. Por la misma vida que llevas se vuelve inseguro uno. Yo si no andaba drogado andaba viendo qué onda para conseguir más. Era muy celoso. Entonces la chava se desesperó. Tenía razón. Yo la empecé a amenazar. Entonces le entró miedo. Yo tuve la culpa, pues. Por ella es que me tranquilizaba, pero ya no está.

Nací por mi madre, muero por mi barrio, Tony

 Yo soy kakchiquel. Allá en Comalapa mandábamos a la chingada a los ladinos. No queríamos que nos invadieran. No queríamos que un ladino nos coronara. Nos tatuábamos las cruces esvásticas para definirnos que somos los primeros, los que controlan, la raza perfecta por así decirlo ¿va? En Comalapa, la pandilla no es conformada por ladinos sino que sólo somos indígenas, los más pobres.

Entré a la pandilla cuando tenía once años, cuando me sacaron de la casa. Me dijeron andáte de la casa. Yo salí y en una semana me encontré amigos en la calle. Sólo me junté con ellos y me dijeron: “bienvenido, aquí estás con tu familia, estás con tus carnales”, y me trataron de una forma en que nunca me trataron en mi casa.

Después de quince días me bautizaron en la Dieciocho. Te agarran a pura verga dieciocho segundos, ése es tu bautizo. Los que a mí me bautizaron fueron seis tipos que son los meros cabezones. Me agarraron a pura verga y me pusieron la taca (apodo) Bad Boy. Desde ahí yo fui distinto, ya no era así decente, me empezó a pelar (valer madres) toda la gente, ya era pandillero.

En un vergueo fue cuando yo puyé (apuñalé) por primera vez. Fue a los quince años. Incluso puyé a tres tipos sin que me diera cuenta de lo que estaba haciendo. Para mí era una alegría hacer eso. Me gustaba patearlos en todos lados. Hasta no ver sangre yo no los soltaba. Nunca me imaginé que algún día me tocara. Cuando me tocó fue duro. Quedé quince días en cama por una santa vergueada que me dieron. La mara me había prendido la luz y me querían echar pa’ bajo. Sólo me dieron una mi santa vergueada y un batazo en la cabeza.

Mi orgullo era levantar mi barrio. El lema era “Nací por mi madre y muero por mi barrio”. Estábamos dispuestos a morir en cualquier lado y en cualquier momento. Cuando puyé a ese chavo me sentí bien en un principio. Después me empecé a molestar. Me dije púchica ¿qué le habrá pasado? Me vino un sentimiento dentro. Me puse a pensar en mi mismo: ¿qué sería de mí si él me hubiera puyado? Los chavos me decían: ¿qué onda carnal? Te respetamos porque te has bajado a uno de los de la MS. Vos merecés respeto, te pasamos un tu cargo. Yo llegué a mandar a veinte chavos de mi pandilla. Era el tercer jefe de la banda.

En la pandilla tuve a mi primera guisa (novia). Ella quería entrar en la pandilla y yo no le daba permiso. Yo le decía, nel porque aquí en la pandilla Dieciocho el bautizo es que te acostés con dieciocho tipos. Ese es el bautizo de una mujer. Yo no quería que sucediera porque al final de cuentas se iba a quedar conmigo, y yo no soportaba que dieciocho tipos pasaran por ella. Aquí en Guate hay pandilleras, y ahí sí cuidadito porque tal vez la mirás mujer, pero es más pilas que un hombre. Con ella no quedamos muy de acuerdo. Ella quería entrar a la pandilla y de ahí me empezó a sacar broncas. Un día me tiró (amenazó) en la cara la MS. Ahí yo me malié y la puyé por tirarme la trucha en la cara. Yo no soportaba a esa mara. Después no me soportaba a mí mismo porque yo puyé a mi guisa. Me quise suicidar.

Mi mente me decía ‘quiero zafarme’, Sergio

 Los momentos más alegres en mi clica (grupo) de la Mara Salvatrucha los viví cuando me ganaba el respeto, cuando todos me decían que era un bato que se deja caer la greña, un bato que está firme. Momentos de alegría eran cuando yo me sentaba a libar, a consumir marihuana, con una M1 o una M16 en la cintura ahí en la calle sin que nadie me dijera nada, sin que la policía viniera. Lo más alegre para mí fue esa convivencia dentro de la pandilla.

Simón, tuve una que otra aventura ahí, con unas jainas (novias). No me gustaba tener chavas del barrio, siempre me gustaban las jainas alejadas. Tuve un par de chavas que me llegaban a hacer limpieza, a hacer comida a mi cuarto, pero sólo dormía con ellas y al rato las mandaba. Hasta en la pandilla siempre quise casarme, tener una mi propia familia, hacer mi rol. Eso mismo me hacía no dejar hijos, fun, fun, fun, y siempre cranearla (pensarla) ¿va?

Va de chavas querían venir a vivir conmigo, pero nel, yo me negaba. Era otro mi rollo hasta que conocí a una chava bien humilde que no era ni de pandilla, ni estudiaba, ni nada. Sencillamente era una chava de casa que hacía oficio. Casi no salía a la calle. La conocí y derecho me enamoré de ella. Yo dije bueno, ésta es la esposa que quiero, que no salga a la calle y que sepa cocinar, que sepa hacer las ondas de la casa. Se hizo mi jaina. Yo dije nel esta chava la voy a respetar, no le hacía… no la tocaba ni nada. Sólo besitos y nada que ver con relaciones ni nada. Tenía otras chavas aparte de ella pero lo hacía porque no podía tocarla a ella, no quería, ¿va?

Ella me ayudó mucho en conocimientos y pensamientos positivos. Me demostró mucho que sí me quería, que me quiso como yo a ella. A veces yo le ponía la pistola en la cabeza, liaba la marihuana enfrente de ella en la calle, llegaba bien loco y “¿qué onda?, usted no me quiere”, me decía. Bien, pero quiero más a mi pandilla que a usted ¿va?, le respondía. La chava siempre ahí conmigo. Me planchaba mi ropa o me la lavaba. Ella me decía ‘mira yo me quiero casar contigo de veras pero imagínate qué va a pasar cuando tengamos hijos y tú en la pandilla y ahí te maten’. Nel, decía yo, ¿cómo así? A mí no me van a matar, nel. Siempre imponiéndome pero mi mente decía ya quiero cambiar, quiero zafarme de todo.

Después, fuera de la pandilla la vida ha sido bastante dura porque empieza la gente con la discriminación. Siempre empiezan con que uno roba y que no sé qué y todo el rollo. Todo eso lo desmoraliza a uno ¿va?

¿Mi sueño? Llegar a la U y graduarme de psicólogo.


Reportaje publicado en Letra S, suplemento del periódico La Jornada,
México, el 6 de enero de 2005.

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